Eliana Sanchez*


Envejecemos desde el momento en que nacemos, el hecho de vivir, en sí mismo, implica que el tiempo vaya generando en nosotros cambios irreversibles a nivel morfológico, fisiológico, social, psicológico, etc. El proceso de envejecimiento como tal está fuertemente influido por el medio social y cultual en que se produce, por los factores políticos, ideológicos y la historia particular de cada sujeto en juego.

Las diferencias individuales se van haciendo cada vez más notorias con el paso de los años, porque es la identidad la que mejor pone en evidencia cómo hemos vivido y cómo vamos viviendo. Pensemos, por ejemplo, que podemos identificar claramente si un bebé tiene un año o cinco, más allá de las condiciones singulares de su historia. ¿Podremos identificar la edad de cada mujer si, por ejemplo, una de ellas es una abuela de X años que desea morir al lado de su esposo y desde el retiro laboral de éste se dedican ambos a la casa y a cuidar a los nietos, de otra mujer de X años que aún no es abuela, recién acaba de jubilarse, está pensando seriamente en divorciarse porque no es “él” con quien desee pasar el resto de su vida? No es tan simple, ambas tienen 62 años.

Es necesario dejar en claro que cuando hablamos del envejecimiento debemos poner el acento en el hecho de que se trata de un proceso complejo, no podemos hablar desde una sola dimensión, como la biológica o social, por ejemplo, sin empobrecer la concepción misma del envejecimiento. Se comprenderá que no es simple, y hasta podríamos decir correcto, diferenciar la vida por etapas y en cada una de ellas colocar una edad cronológica para diferenciar el fin de una y comienzo de otra. Este tipo de teorizaciones han sido superadas y hoy se habla de Curso de vida, noción que implica procesos de transformación y cambios continuos, esto nos permiten dejar de lado, cuestionar e incluso superar aquellas teorías de la vejez como proceso único, de decadencia y declive y de regresión e infantilismo.

A este hecho se le suma la revolución de la longevidad y las nuevas configuraciones de envejecimiento, abuelidades, “vejeces”, que llegan para interpelar los prejuicios y estereotipos entorno a la cuestión de la vejez. Hoy las nuevas abuelidades cuestionan la idea del deber de cuidar a los nietos e hipotecar la vida propia en beneficio de la de los hijos. Sin intención de dejar a la familia a la deriva, los nuevos abuelos prefieren salir al club, de viaje, a bailes, asistir a cursos y ¿por qué no? a la universidad para adultos mayores, tanto en modalidad presencial como virtual. Alternativas todas por demás de saludables, y respetuosas del deseo de cada adulto que envejece.

Hoy contamos con un concepto intermedio entre adultez y vejez: la mediana edad, que nos permite hablar siempre en términos de transición. Es un proceso que podremos ubicar a grandes rasgos (y sólo en nombre de facilitar la lectura y comprensión), entre los 40 y 60 años. En esta etapa se producen muchos de los acontecimientos como la jubilación, la menopausia, la partida de los hijos del hogar, la abuelidad, etc., y es un momento propicio para mirar hacia adentro, realizar un balance de los logros y fracasos y comenzar a dimensionar que el tiempo que tenemos a futuro es menor al tiempo que llevamos transitado, y si queremos que el porvenir valga la pena, este es un buen momento para realizar cambios.

Se suele asociar con ideas negativas el proceso de envejecimiento y estas ideas se van haciendo carne en nuestra historia a medida que la transitamos. De este modo funcionamos tramados y enredados por palabras que nos definen. Si la vejez es considerada una etapa de la vida de decadencia, deterioro, dependencia, pérdidas y duelos, inexorablemente ese será el sendero que se construya para transitarla.

No se trata de mantener una posición “optimista” en relación a la vejez, sino más bien de comprender su sentido complejo. No todo es pérdida, también hay ganancias, grandes ganancias. Es cierto que nuestro cuerpo sufre un proceso de desgaste y lentificación, pero es ahí cuando los psicogerontólogos tenemos algo que decir. ¿somos sólo cuerpo? ¿Por qué si durante toda nuestra vida nos conducimos con nociones complejas acerca de lo que pasaba por nuestra mente o nuestro corazón, de viejos nos simplificamos a lo que pasa por el cuerpo? ¿Por qué si estamos angustiados o tristes no vamos a terapia sino al médico? No afirmo que no importe o influya lo biológico, porque sería caer en un razonamiento simplista y erróneo, además, sino más bien, “no sólo” lo biológico. Somos seres de lenguaje, difíciles, enredados, contradictorios, inmersos en un mundo que es social antes que todo, intentando día a día lidiar con nuestros impulsos, represiones y mandatos para ser medianamente felices. No es sencillo, pero si comenzamos a pensar el envejecimiento con la misma seriedad y compromiso, como lo hacemos con la infancia, por ejemplo, comprenderemos que el proceso de simplificación, “achatamiento” e involución que le suponemos y asumimos como propio, es más bien una cuestión de perspectiva cargada de prejuicios.

Allá vamos, cargados con estas ideas negativas, luego de la jubilación, a asumir el rol de jubilado, ¿y ahora se supone que debería ceder en mis decisiones en la casa, porque ya no soy quién provee, ceder en la cabecera de la mesa, en mis aspiraciones sexuales, no sea cosa que se diga que soy un viejo verde? ceder en mis proyectos porque ¿ahora para que, si ya no queda mucho por delante? ¿Acaso no están esos jubilados y/o adultos mayores alegres, emprendedores y gozosos de la vida para develar la falacia en tales ideas? Basta con mirar alrededor para comprender que hay más vida y salud de la que uno supone y atribuye.

Una de las claves para transitar un envejecimiento saludable, es desarrollar un pensar anticipado sobre nuestra vejez y que los hechos futuros no nos encuentren, como decimos en criollo, en “pampa y la vía”. Son dos cosas completamente diferentes pensar el envejecimiento desde una óptica negativa y esperar que se cumpla a modo de destino ese terrible futuro, o bien pensar el envejecimiento desde una óptica más equitativa entre aspectos positivos y negativos, estar advertidos de los desgastes que acarrea el paso del tiempo, pensar anticipadamente en ello, y poder ser el diseñador, arquitecto y obrador de nuestro porvenir.

¿Cómo llevaríamos a cabo esta tarea? No se trata de consumir salud como si fueran psicofármacos. Afirman los psicogerontólogos que se trata más bien de adoptar una posición flexible ante los cambios y dejar un poco al costado las tentaciones del egocentrismo. Podemos tomar dos litros de agua por día, hacer ejercicio regularmente, realizar los controles médicos pertinentes, pero si a ello no lo acompañamos de una vida social activa y vínculos afectivos sólidos, mucho de esto pierde sentido. Uno de los mayores desafíos lo tenemos desde lo psicológico. No es sencillo descifrar o reconocer el propio deseo, realizar un balance de la vida llevada, poner en juego nuestras expectativas, tanto positivas como negativas acerca de la vejez, interrogar la identidad y atrevernos a mirarnos al espejo dejando de lado nuestras vanidades estéticas, entre otras tareas. Pero una vez que asumimos una posición subjetiva mas honesta y flexible, logramos cuidar el cuerpo y cuidar los vínculos, y de este modo todo cobra otro sentido.

Podemos comenzar este camino en soledad, con amigos o familia, o bien podemos solicitar ayuda. Los psicogerontólogos tenemos herramientas para detectar aspectos protectores o de riesgo para alcanzar un envejecimiento normal o patológico, tanto en espacios individuales como grupales, y los resultados son francamente positivos, la apuesta es que cada sujeto, con su historia y su entramado singular, viva acorde a su deseo y esto le permita envejecer saludablemente.

*Psicóloga M.N.: 15.704. Universidad Nacional de Rosario.

Especialista en psicogerontología. Universidad Maimónides.

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