Paola Cecchi*


Desde los inicios de la humanidad, a lo largo de la historia y en puntos completamente diversos del planeta se ha practicado la violencia. Nuestros antepasados se han encargado cada vez con mayor éxito, de inventar armas para la guerra, con el fin de defender o incluso incrementar y asegurarse la posesión de nuevos territorios y con ellos la vivienda y alimentación. También debían defender a sus mujeres y de esta forma ampliar sus posibilidades de una buena descendencia, además de protegerse de los animales salvajes hambrientos dispuestos a llevarse su presa.

La violencia existió desde que el ser humano se instaló en la tierra, pero al menos podríamos decir que había cierto grado de coherencia sobre su práctica dentro del tipo de sociedad en ese entonces existente. La precariedad de la educación, la ignorancia de otras formas de encontrar soluciones a los problemas que los aquejaban (que no eran pocos), puede justificar en cierto grado un comportamiento tan agresivo.

La violencia, se origina en una especie de “programa”, el sistema instintivo emocional del ser humano, que existe para reaccionar con una respuesta rápida a los peligros del exterior y de este modo asegurar la supervivencia.

La sociedad actual, la cual ha evolucionado en múltiples aspectos, aún no ha logrado dominar su sistema instintivo emocional, en general, todavía se comporta para sobrevivir,  es entonces que nos vemos privados del ejercicio real de una mente llena de recursos para una convivencia en paz y el despliegue de un poder que solo se le ha dado al hombre.

Podemos tomar como representación de tal deficiencia, una escena de la película “Relatos Salvajes” de Damián Szifrón, en donde vemos como el conductor de un Audi A 4 insulta al conductor de un auto lento que ocupa el carril rápido y no le permite pasar. En esta escena se puede observar un enfrentamiento que por un lado muestra la envidia de quien no puede “tener” y por otro, la soberbia de quien “tiene”. La guerra de clases. Allí se abre una brecha de odio, que termina con ambos conductores muertos. Aquí vemos un individuo reaccionario de respuesta rápida, pero no de respuesta correcta, este hecho podría haberse evitado por ejemplo, si el conductor del Audi A 4, ignoraba la actitud celosa del otro y se guardaba los insultos que le expresa al lograr avanzar, o como contraparte, si el conductor del auto viejo, no tomaba como ofensa la seña de luces solicitando lugar para el avance. Este tipo de escena, existe diariamente en diferentes casos de la vida cotidiana, donde muchas veces un gesto mal interpretado desencadena violencia hasta llegar a la muerte. ¿Qué es lo que está ocurriendo en la sociedad post-moderna? Al parecer cada cual camina por un carril rápido sin tener en cuenta a su semejante, hay una total falta de empatía, registro,  aceptación y comprensión sobre el otro. La forma en que vivimos, no nos deja detener a pensar que tipo de personas queremos ser, nos arranca en la mayoría de las veces esa parte diseñada para sobrevivir, cuando en verdad tenemos capacidad para trascender.

El estrés con el cual transitamos los días, inhibe nuestra facultad de respuesta que incluye la comprensión, cooperación y el bienestar de todos. No hay tiempo, no hay ganas; podemos atribuirlo a extensas jornadas laborales llenas de presión, responsabilidades hogareñas, desesperación por el dinero que no alcanza y agregar nuestras cuestiones personales. ¿Cómo bajar la guardia, cómo tranquilizar la sangre instintiva que corre por nuestras venas?. ¿Qué tal si probamos realizar un esfuerzo para ponernos en el lugar del otro? Al fin y al cabo suele ser bastante parecido al nuestro. Reorganizar los valores, hablar bien, en vez de reaccionar con una mala contestación, indagar en lo que nos ocurre interiormente y así ejercitarnos mejor como seres pensantes, asumiendo el poder que tenemos como una raza, que ha logrado transformar a la naturaleza.

*Consultora Psicológica

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